El discernimiento

El discernimiento podemos entenderlo en primer lugar como la capacidad de sospechar que no todo es como parece a primera vista, sino que toda experiencia –y más aún en la vida espiritual- es compleja y necesitada de clarificación y, por tanto, de discernimiento.

San Ignacio va a dar mucha importancia al ejercicio de volver constantemente sobre la experiencia vivida para seguir la pista a las mociones, sentimientos, pensamientos, decisiones… que brotan de ella, para “sospechar” que no suelen ser tan evidentes y claras como a primera vista puedan parecer, sino que pueden ser sentidas como “mociones” diversas y contrapuestas o provocadas por “diversos espíritus”.

De ahí la necesidad imperiosa de detectar con todo detalle las características de unas u otras mociones para que todo el proceso interior que se desencadena en la persona pueda ser calificado como proveniente de una buena o mala moción o del buen o mal espíritu para así obrar en consecuencia.

En definitiva, sin “mucho examinar” es imposible encontrar la voluntad de Dios en lo concreto –en el aquí y ahora- que es el objetivo fundamental que se plantea la persona desde la clave de la espiritualidad ignaciana.

No va desencaminada la identificación casi espontánea que se hace de san Ignacio con el discernimiento, hasta tal punto que este binomio ha quedado impreso en la conciencia colectiva de la Iglesia como uno de los legados más importantes de Ignacio a la misma. Y esto, no porque haya sido algo así como el inventor o creador del discernimiento –hay una riquísima historia del mismo siglos antes que él, y en la que él mismo se ha inspirado- sino porque toda su espiritualidad la formula desde el prisma del discernimiento y no a través de grandes discursos teóricos, sino de “reglas” y orientaciones muy prácticas y asequibles a todo aquel que se proponga sinceramente hacer de su vida una expresión clarividente de la voluntad de Dios.